lunes, 31 de mayo de 2010

Double Pack o de las Sensaciones Compartidas


¿Te ha pasado alguna vez que en las vueltas de la vida te encuentras con una persona con la cual tienes una complicidad tan profunda que no hay necesidad de hablar?

Compartir más que un vínculo de atracción o un romanticismo meloso es algo que no ocurre con regularidad, es como esos extraños fenómenos cósmicos que sólo ocurren cada chorrocientos mil años en algún lugar de la tierra donde, para peor de los males, a veces ni siquiera los vemos (esto es tremendamente desalentador para nuestras pretensiones amorosas, pero hay que tener muy en cuenta a lo que nos enfrentamos).

Cuando comencé con esta idea de escribirles, dediqué la primera columna a las miradas. En ella exploré muy someramente la complicidad que se establece con ciertas personas mediante este tipo de contacto. Esta sublime conexión puede llevarse a planos mayores cuando las personas involucradas comparten algo más que una cama esporádica.

Podría decirse que estaríamos frente a una especia estratificación de la complicidad. En este sentido, si visualizamos Machu Picchu, tendremos una idea de lo complejo que resulta congeniar de tal forma con alguien. Sin embargo, del mismo modo, es por la misma razón que resulta tan sorprendente cuando algo así ocurre.

Durante la semana le di varias vueltas al asunto, pensando también en las cosas que me sucedían y que prefería obviar por mero autoengaño, pero que contrariamente a lo esperado, estaban más presentes de lo normal. De esta forma, luego de algunas charlas y otras “escuchas” (situaciones donde sólo escucho o “leo” a alguien), comencé a comprender que hay complicidades que nacen y se van puliendo poco a poco, en la medida que se liman las asperezas y las personas se van conociendo en sus múltiples dimensiones. Sin embargo, hay otras que brotan de pronto y son tan intensas que suelen asustar a quienes las experimentan, debido a que nos estamos acostumbrados a “encontrarnos” con alguien que nos entienda hasta mejor que nosotros mismos”

Estos encuentros en el camino, que suelen ser extraños, libres de muchos clichés y absolutamente vigorizantes, tienden a ser, del mismo modo, inesperados, fugaces y desconcertantes. En consecuencia, tal como pueden ser revitalizadores para los que experimentan esta conexión, está la gran probabilidad que resulte en una relación errática, compleja y no exenta de dudas y temores.

¿Qué deberíamos hacer entonces? ¿Resignarnos a vagar por las calles o caminos de la mano de una relación estable con nuestra soledad?

Cierto es que cada vez con más frecuencia, las personas están evitando las relaciones que puedan tener alguna complicación o que pueda parecer un tanto inestable ¿por qué? Mmm….quizás por el mismo motivo que nos gusta comer más cosas dulces que amargas. El sin sabor de la vida suele ser algo de lo que rehuimos con absoluta determinación. Sin embargo, los que estamos algo acostumbrados a vernos envueltos en algún romance desastroso, tenemos la conciencia de que la única forma de tomar el verdadero sabor del amor es no temiendo a probar aquello que puede parecer extraño, inusual o incluso peligroso.

Sentado en una barra, caí en la cuenta de que no quiero verme todos los días llegando al mismo lugar y que a mis oídos llegue la pregunta “lo de siempre”, por el simple hecho de no arriesgarme a probar algo nuevo por temor a lo que sucederá. La relatividad del tiempo, en donde el fututo no existe y lo único que tenemos es un presente que se construye en base a las decisiones inmediatas, nos lleva a la situación de adiestrar nuestros sentidos para probar las diversas sensaciones que nos rodean.

lunes, 10 de mayo de 2010

¿Miopía o Masoquismo?


Justo cuando pensaba que no volvería a caer en alguna situación extraña, me encuentro tratando de lidiar con una de ellas.
Al parecer, cuando más esperas que algo suceda, esto tiene menos probabilidades de ocurrir (contrario a todas las predicciones positivas de Coelho y la colaboración cósmico-universal). De este modo, decepcionado y aburrido de toparme siempre con el mismo tipo de persona, me había resignado a no dejarme arrastrar en alguna clase de romance o situación por el estilo (decisión bastante absurda considerando mi personalidad.) De ahí que tomara la decisión de no “enrolarme” en alguna aventura amorosa, con la convicción de que podía lograrlo, pero con la secreta duda de que quizás no funcionaría.
De este modo y, considerando el tenor de las últimas relaciones que había logrado entablar, podría decirse que sería prudente comenzar a coquetear con los postes de luz o las puertas.
Hay un no sé qué en las relaciones amorosas que por alguna razón misteriosa algunas personas tendemos a enamorarnos de quienes no nos corresponden o de personas que en realidad no valen el esfuerzo. Así, mientras miraba las hojas secas que adornaban el suelo que se extendía ante mis ojos, pensaba en que como hay una variedad de tipos, colores, diseños y tamaños de hojas; cuando escogemos una de ellas, lo hacemos por alguna razón en particular. Del mismo modo, cuando nos fijamos en una persona, podemos estar respondiendo al mismo patrón. Entonces, si de entre todo el amplio espectro de personas con las que nos topamos nos fijamos precisamente en aquellas que no nos corresponden ¿no deberíamos buscar otro árbol de potenciales fracasos?
Después de una intensa semana, donde el trabajo me dio poca tregua para pensar en mi lamentable estado amoroso, me senté a reflexionar en lo que verdaderamente pensaba y sentía. El resultado fue escalofriante y, como decirlo, desastroso: estaba enamorado.
Quisiéralo o no, el tiempo transcurrido hasta la fecha, sumado a todos los momentos que se habían dado y una serie de señales que pudieron ser realmente mal interpretadas, me encontraba ante la dura y aterradora realidad: estaba enamorado de alguien que no podría corresponderme. Sin ánimos de ponerme a gritar y correr como Kevin en “Mi pobre Angelito”, decidí que era más prudente entrar en otra fase de relación, ante la inevitable realidad de toparnos todos y cada uno de los días en los rincones de esta ciudad.
Así entonces comenzó la primera fase de mi Plan Mate al toro y quédese con los cuernos, son gratis y nadie tiene que ponérselos; son automáticos. Sin embargo, mientras me mentalizaba en llevar a cabo esta fase, en mi cabeza seguía dándome vueltas la pregunta ¿es que no vemos bien o es que nos gusta el dolor del amor no correspondido? Es cierto que por tradición matrística la victimización es una de las características de nuestra cultura, pero dudo que sea una generalidad, siendo además que no es nada grato pasar de dolor en dolor.
De este modo, comencé a albergar la idea de que los que a esta situación nos enfrentamos, somos muy miopes en el amor. O sea, miope yo ya soy, pero atando cabos y recordando las advertencias de algunas personas muy queridas, caí en la cuenta de que, a pesar de todo lo que tenía en frente, no vi la verdadera realidad: era una batalla perdidad antes de comenzar. Quise entonces buscarle el lado positivo al hecho de que entre la miopía y la obstinación no llegaría a nada bueno y, me di cuenta de que si bien no llegaba a buen puerto en las relaciones, jamás me daba por vencido y, por sobre todas las cosas, era capaz de disfrutar de los pequeños momentos felices, gozar la vida en sus más sencillos detalles; de ahí que replanteara el dicho popular de los cien pájaros volando, que nos enseñó que si no tienes un pajarraco en la mano, eres un idiota. Así entonces, postulé la idea de que es tan válido ser feliz viendo volar a esos cien pájaros, sabiendo que jamás alguno de ellos será tuyo; como ser feliz porque se tiene un ave entre las manos.
Después de divagar un rato en algunas cosas verdaderamente insustanciales, llegué al razonamiento final: quizás no sería correspondido en este amor y lo más probable que llegado el momento será un dolor muy grande, sin embargo, la mayor convicción de todas es que a pesar de todo esto, seguiré en pie, luchando por las cosas que me hacen feliz y, asimismo, a pesar de todos los dolores, jamás renunciaré a amar.

sábado, 30 de enero de 2010

De (s) Ilusiones









Sinceramente, siento que una de las experiencias más alucinantes es hacer una locura por amor, ilusión o la emoción que uno sienta que lo embarga. En este sentido, me encuentro escribiendo esta columna en un lugar que nunca pensé que estaría. Suelo sentarme tardes o noches enteras a pensar y escribir estas palabras en el íntimo espacio de mi casa, donde las ideas brotan al amparo de las paredes. Sin embargo, hoy me encuentro sentado en la barra de un lugar que ha cobijado una emoción tan intensa que hace mucho no sentía, que parecía haberse disuelto en el tiempo, con los recuerdos de tiempos pasados.

Con los nervios de punta, tiritando como si fuera un quinceañero me he sentado casi con las emociones a flor de piel, intentando desnudar aquello que surge y me remece como un violento huracán (Canc. Sug. “Chocar” de El sueño de Morfeo).

Sé que están acostumbrad@s a que escriba sobre temas amplios y no hable sólo de mí, pero quiero apelar a su afecto para que me permitan esta licencia de llevarlos conmigo en esta odisea de mi corazón.

Las sensaciones que hoy me habitan están cargadas de ese estremecimiento propio de los primeros amores, de aquellos que nos transportan a ilusiones sencillas, sin complicaciones, ideas de proyecciones; simplemente el hecho de estar y sentir con absoluta intensidad.

Después de muchas deliberaciones sobre lo que debía hacer con lo que me está pasando, opté por hacer frente a mis emociones, de cara a la verdad y con absoluta responsabilidad de los resultados. Así, es cierto que muchas veces las ilusiones nos dejan un amargo sabor cuando los hechos no responden a lo que esperábamos, pero es verdad también que si nos paralizamos ante las ilusiones por el sólo hecho de evitar el sufrimiento, viviremos la vida a medias.

No recuerdo hace cuánto tiempo que una persona me transportaba a tan sencillas ilusiones, a sensaciones armónicas y desconcertantes, a sentir un nervio que te pone las piernas de lana. Sin embargo, lo genial de todo, es volver a sentir. Dure cuanto dure la ilusión que nos llena, no importa lo que al final suceda, el alma se nutre de las emociones y lo que hacemos con ellas, por lo demás, habrá una historia que contar.

Siento que, de las cosas más reconfortantes que pueden sentirse al llegar una determinada etapa de la vida es llevar la memoria a recuerdos anclados por años, revolverlos y sonreír al saber que hiciste las cosas cuando el corazón te llamó (sin ninguna intención de sonar cliché).

Sin embargo, a pesar de todo cuanto suelo hablar y de la postura que suelo tener ante la vida, debo reconocer con absoluta sinceridad que, jamás me he sentido tan aterrado, lo cual constituye una posibilidad increíble para quienes me conocen de burlarse de mi situación.

Sentado en la barra, veo la mitad de su cuerpo y no puedo evitar moverme para contemplar sus profundos ojos, a la vez que veo el clásico “bailecito” que me dejó desparramado en el suelo como un soberano huevo frito. Los escalofríos que me recorren me inmovilizan e impiden a ratos tomar la acción en mis manos. No quiero pasar el tiempo pensando, luego, luego, que aún no es el momento. Este viaje tiene un fin exclusivo: darle una forma a mi ilusión, sea cual sea.

Y en estos momentos aparece la palabra que me identificó el pasado año: ¡Iluso!, se escucha una voz que parece la mía, pero que rebota contra la pared de mi silencio.

Ahora está ante el televisor, diría que es un momento excelente para llamarle y preguntarle si no tiene complicaciones para conversar conmigo un momento. Sin embargo, el miedo vuelve a paralizarme, necesito fuerza, mucha fuerza. Miro hacia su mesa, pero sus ojos (que antes se encontraban siempre con los míos) están fijos en el televisor.

Como el nombre de una de las obras de teatro que aparece en el volante que me dieron (“fans-tasmas”), sin quererlo yo, aparecen viejos fantasmas y sentimientos que creía superados. Ya ni siquiera me persiguen las ideas sobre mi imagen y lo que los demás puedan ver, sólo me invade un temor absurdo.

Mientras bosteza frente al televisor y luego ríe junto a sus compañeros de trabajo, yo sigo empantanado en ideas que me tienen sentado en la barra sin tomar decisión alguna.

Llevo dos hojas escritas y aún no tomo en mis manos la fuerza para hablarle. Ahora, la situación se ha vuelto difícil, porque está conversando con sus compañeros, mientras yo escucho “Shiva Manas Puja” de Ravi Shankar, tratando de canalizar mis energías y mantenerme calmado.

En estos momentos me haría bien un abrazo fuerte de quienes han estado conmigo durante este tiempo, para decirme que todo irá bien, que no hay nada que perder, que lo importante es la experiencia que ganaré, porque a pesar de las apariencias, estas increíbles personas saben muy bien con la facilidad que me desmorono. Sin embargo, y recordando sus palabras, he de tener en cuenta que también me levanto de las caídas.

Definitivamente, creo que estoy perdiendo cada vez más mis posibilidades, cuando otro joven se instala a conversarle en la barra en entretenido diálogo. Quizás sólo debería pedir la cuenta, levantarme y salir con la idea fija de que nada pasó durante estos magníficos días. Quizás parezca cobarde y, en cierto modo lo es, pero es que las señales que creí ver en los días previos hoy no se han presentado.

Me siento como un traidor, las dulces sensaciones de la tarde se han marchado por el momento y siento que no he sido lo valiente que todos esperaban, que he traicionado a mis propias emociones. Y pasan y pasan los minutos dolorosamente en el reloj, mostrándome los valiosos momentos que dejé ir.

En uno de esos momentos, mientras pasaba por el lado me preguntó si necesitaba algo más, muy nerviosamente le dije que por el momentos estaba bien, a lo que me respondió ¿seguro? Lo estoy vigilando, jajajaja….aún me causa risa y ternura esta situación, es lo que más rescato de toda la noche.

Al final le dije que se sentara conmigo y lo hizo, conversamos a momentos por lo obvio de su trabajo y fue grato. Sin embargo, también significó el fin de mis ilusiones, lo que básicamente me dejó en un estado que aún no puedo denominar. No estoy triste, tampoco devastado, desolado o cualquier bendito sinónimo de la RAE no sé, es como si estuviera muy conciente de todo, pero mi mente se negara a aceptar la idea (sería exagerado decir que estoy en shock, pero quizás lo es jajaja).

Ahora, no hice todo cuanto pensaba hacer y decir, pero siento que fue prudente, las circunstancias así lo permitieron. Ahora, mientras viajaba y analizaba las cosas, tomé la decisión de hacer un último gesto, pero eso me lo reservaré, no porque no quiera contarles, sino porque es un pacto conmigo mismo, con mis emociones.

Mientras escribo estas líneas en una terminal donde nunca había estado, pienso en todas las veces en que nos ilusionaremos y caeremos, en todas las veces que nos dejemos llevar por las sensaciones y los resultados no serán los deseados, pero por sobre todo, pienso en lo increíble que es sonreír a pesar de todo.

P.D. Te dedico esta columna porque por ti nació.

lunes, 23 de noviembre de 2009

Cuando me azotan (las ideas)...















Y de pronto me vino la duda sobre lo que en verdad sucedía. Era cierto que las últimas semanas no habían sido el paraíso precisamente, pero el extraño sentimiento que me invadía no tenía una explicación coherente a los hechos. Ahora, como he visto de un tiempo a esta parte, las emociones tienen esa cualidad: aparecer de pronto, descolocándonos por completo; lo que nos obliga a tomar una dirección en el variado espectro de posibilidades. Por un lado, la típica solución de la avestruz, metiendo al cabeza en la tierra y hacer como que nada pasa. Por otro lado, comenzar un proceso de introspección (una especie de autoengaño), pues queda en eso, en el comienzo. Sin embargo, el camino más largo y escabroso es hacer frente a las emociones, mirarlas a la cara y, descubrir qué yace en el fondo. Ahí está el problema, pues no siempre queremos ver qué hay en el fondo del estanque.
Cuando el viento sopla fuerte, sacude la superficie del estanque y, por cierto no nos deja ver con claridad; hecho anexo: jamás tomar decisiones en esos estados. Si el viento recrudece, tiende a revolver el fondo del estanque, lo que lleva a levantar cosas de lo profundo, mezclando todo y negando a la vista la claridad. Sin embargo, si tenemos la paciencia para esperar que se calmen las aguas, veremos que después de ventarrones y tormentas, las cosas podrán verse con más claridad y, aunque no sean como al inicio, lo esencial permanece. Ahí radica nuestra particularidad, en lo que yace al fondo del estanque, inalterable a pesar de lo pase...Descubrir qué es, no es tarea sencilla, mas tampoco imposible. El reto es atreverse a sumergir la cabeza, porque la gracia es aprender a ver bajo el agua, ahogando los ruidos del mundo.Ahora, a veces las cosas no resultan para nada sencillas y, se requiere más trabajo. Pensaba así por ejemplo en el hecho de nuestra incansable búsqueda de la persona que acompañe nuestros pasos por la vida. Así, caemos en la cuenta que nos encontramos buscando a alguien ideal, sin pasado, sin rollos, como la tabula rasa de Aristóteles. Entonces, es cuando nos pegamos el cabezazo contra la realidad y es que la realidad nos muestra que no hay sujetos sin historia, sin pasado, sin complicaciones. La tarea parece estar en el hecho de aprender a buscar a aquella persona que permita un balance en nuestra vida. Y digo buscar porque soy un convencido que esperar que alguien llegue, será la imagen tuya frente al espejo viendo que, lo único que llega son más y más arrugas. Una buena mujer me dijo un día: “la vida está hecha de muchos ahora, no de mañanas…”, si te cruzas de brazos esperando a alguien, lo más probable es que te pierdas de los dulces y no dulces sabores de la vida, pero esa decisión es de cada uno. Pensaba así, en lo que sucede cuando una relación se quiebra, cuando nos invaden los temores del mañana, la incertidumbre de la soledad, de perder los espacios compartidos, las costumbres; motivo por el cual, a veces nos aferramos a personas que no amamos y no nos damos cuenta que las relaciones son como un gran espejo: una vez que se quiebra, puedes volver a recomponerlo, pero las trizaduras seguirán ahí, notorias y peligrosas. Es cierto que cuesta dejar ir, sobre todo cuando lo que se va es algo muy querido, pero también es cierto que aferrarnos puede causarnos mucho más dolor y más prolongado: las agonías son más duras que la muerte misma. Las lágrimas que derramamos nunca son en vano y jamás debemos avergonzarnos de ellas: los océanos también dejan ir agua y no por eso dejan de ser enormes e imponentes. La decisión siempre está en nuestras manos, nadie más maneja el rumbo de nuestras vidas que nosotros mismos, aunque tengamos compañía, la ruta, el respeto a las reglas y los choques que sucedan, son sólo nuestros; el camino, compartido o no, se abre ante nuestro ojos a cada momento y el horizonte, bueno, el horizonte será la vieja voz de la utopía que nos recuerda que lo importante siempre, es avanzar.

jueves, 22 de octubre de 2009

Prueba de amor v/s Amor a toda prueba



Desperezándome a causa de la copiosa lluvia (que a ratos arreciaba de forma descomunal, exagero pero le da un clima de expectación al texto, creo jajaja) me puse a pensar en las abismantes diferencias existentes en el amor.

A raíz de los acontecimientos de las últimas semanas, caí en la reflexión sobre lo difícil que resulta encontrar un amor verdadero y lo fácil que resulta (en teoría) encontrar un momento de sexo casual o causal (teniendo en cuenta que puede causar más de un dolor de cabeza).

En los tiempos en que nos movemos es común encontrar relaciones más bien intensas y breves, estableciéndose un conflicto con la palabra “Compromiso”. No sé si es por temor a padecer de urticaria o porque resulta poco viable desde un punto de vista monetario, las personas optan con más o menos ganas, por relaciones de corta duración. Sin embargo, aparece en escena un elemento que llamó mi atención: la conciencia de que siempre, sea cual sea la relación, va a haber dolor.

Es sabido que las personas no somos amantes del dolor, salvo en el caso de los sadomasoquistas que, para efectos prácticos (auh!), dejaré de lado. En este sentido, resulta bastante común escuchar a jóvenes decir que, no hay razón para establecer relaciones duraderas, si al final siempre terminan mal y duelen. Sumemos a esto, la moda de los más jóvenes por encuentros furtivos y fugaces, donde no hay “daño a terceros”.

Pero volviendo a la inquietud inicial, es evidente que encontrar un “amor a toda prueba” resulta complicado. Sin embargo, es aún más complicado cuando no somos capaces de responder de igual forma a esa persona incondicional y surge la pregunta ¿alcanza el amor de uno para ambos en una relación? Yo me inclino a pensar que no. Sea que lo haya vivido o no, este tipo de relaciones se disuelve o vive una lenta y larga monotonía.

El panorama se vuelve desolador si pensamos en lo difícil que es encontrar una persona que sea capaz de sorprendernos con las cosas simples de la vida, que pueda compartir las sutilezas de los momentos. Así, surge esta oposición entre aquella persona que te pide la “pruebita de amor” con la barata excusa de saber si le amas y aquella persona que no necesita pruebas para amarte cada vez más.

Con la idea fija en la cabeza de lo genial que se siente ver que alguien babee por ti (y que no sea tu perro), decidí pensar y creer que se puede.

Así, a pesar de lo pesimista que parece el horizonte, es reconfortante ver en las calles a las parejas enamoradas, mirándose con ojos tan profundos que, puedes perderte en ellos y saber, sin más prueba, que aman con intensidad.

Y entre tanta hormona revuelta me pregunté ¿por qué es tan dificultoso algo que debiera ser tan natural y saludable? Y después de unos cuantos tragos (jajaja…ojalá, lo único que había en la casa era un kilo de porotos), eh…bueno, caí en la cuenta de que no hay una respuesta absoluta y definitiva sobre esto, pero sí que es necesario ser más naturales, más espontáneos, aprender a disfrutar las relaciones cómo se den, sean breves o largas, aprovechar la intensidad del amor que llega sin petitorios ni contratos y, sobre todo, a expresar lo que sentimos, perder el miedo a dejar al descubierto nuestras emociones que, en definitiva nos hacen personas y permiten tomar el dulce sabor de la vida.

miércoles, 19 de agosto de 2009

Orgullo y Perjuicios...











“Es una verdad mundialmente reconocida

que un hombre soltero, poseedor de una gran fortuna,

necesita una esposa.”

Después de quedar unas cuantas horas pegado mirando el techo, pensando en las palabras de Austen, caí esparcido (literalmente esparcido) en la pregunta ¿y qué nos queda a los solteros sin una gran fortuna?

Decidí darle un par de vueltas a la pregunta antes de escribir una respuesta suicida y masoquista y es que las certezas de tiempos pasados se esfuman más rápidamente de lo que quisiéramos.

Cierto día, en una charla de chat alguien tenía en su nick: “busco persona atractiva”. Quedé pensativo un momento y le pregunté cuál era su concepto de alguien atractivo. Después de unos minutos, al no saber qué responder, simplemente, re retiró.

En mi cabeza quedó dando vuelta la idea de las imágenes preconcebidas, los prejuicios, los estereotipos y cómo éstos van estableciendo una ruta de navegación en nuestras relaciones.

Cuando alguien dice que busca una persona atractiva, al parecer la idea preconcebida es un joven atlético, de rasgos bien definidos, respondiendo a cánones de belleza clásicos, como el andrógeno Tadzio que cautivó a Aschenbach en La muerte en Venecia.

Sin embargo, solemos olvidar en estas preconcepciones, que todos tenemos percepciones diferentes de la belleza.

Ante tales circunstancias, encontrar pareja en estos tiempos se ha vuelto una tarea realmente titánica (entendiendo el concepto de pareja más allá de un sexo casual o una simple persona que vegete al lado nuestro).

Resulta cada vez más evidente que el campo de las relaciones ha sido reducido al mismo nivel que conseguir un artículo X. Al parecer, ya no hay tiempo para compartir en profundidad, hemos sido aplastados de una hirviente avalancha de sexo express.

La idea final de Austen sobre las primeras impresiones pareció disiparse al mismo tiempo que los prejuicios y la superficialidad de las apariencias subieron al trono.

Así, entre los idealistas que aún creemos en las antiguas ilusiones y en las relaciones con conversaciones entretenidas (profundas o triviales), comienza a asentarse la idea de que la soltería es uno de los caminos más recomendables.

Cuando se tiene 18 ó 20 años, ser soltero no es mayor cosa, se le atribuye principalmente a la inmadurez. Sin embargo, cuando ya pasas la línea de los 24, la soltería comienza a ser vista con ojos de lechuza. La seguidilla de hipótesis suele ser tan agobiante que no sabes qué es peor, si la soltería en sí o los fallidos intentos de tus cercanos por encontrarte pareja.

No es extraño que, en esas típicas reuniones familiares, aparezca una “amiga” de la familia que calza justo dentro del rango del soltero. Más allá de la simpatía que se pueda generar, el intento suele ser un completo fracaso. Sin embargo, el campo se pone más lodoso cuando llueven las palabras matrimonio, hijos, esposa, etc.

Las palabras acompañadas de unas sugerentes miradas inquisidoras, suelen ser suficientes como para dejar los más extraños sinsabores con respecto a nuestra solitaria emocionalidad.

En la idea de que hasta una sardina enlatada tiene más roces me quedé pensando ¿Por qué la necesidad de estar con alguien aún cuando decimos ser independientes y autónomos? Al parecer hay algo de costumbre, generalmente asociada a relaciones previas, algo de temor a la soledad, a veces algo de inmadurez, otras veces por simple mala suerte. Al fin de cuentas, por muchas explicaciones probables, la realidad es una sola: seguimos solteros.

Resignado ante la idea de convertirme en un electrón célibe que sólo desprende cargas eléctricas, sería bastante razonable pololear con una ampolleta o el refrigerador.

lunes, 10 de agosto de 2009

El ácido de la media naranja...



Mientras afuera llovía intensamente, en mi cabeza se daba un fenómeno similar. Confundido aún con los recientes acontecimientos de la semana, me era casi imposible tratar de hilar alguna idea coherente (cosa que es recurrente en mí, pero que en esta ocasión sobrepasó los niveles regulares).
Debo reconocer que no fue una semana común, era como si no fuera parte de las otras, como si de pronto en el gran libro de mi vida, alguien hubiese corcheteado unas cuantas páginas sueltas.
Hay veces en que, más allá de las particularidades de cada día, hacemos relativamente las mismas cosas. Vamos a los mismos lugares, hablamos con las mismas personas, saludamos de igual forma, caminamos por los mismos rincones y, aunque no sintamos el peso de las pequeñas rutinas, éstas van dejando ciertas marcas en nosotros.
Viendo una famosa serie de televisión, como todos los domingos por la noche, caí en la cuenta que no es necesario un concierto de ranas para hacer del día algo diferente. Encontrarme ante tal descubrimiento gnoseológico fue casi iluminador. Más allá de sus efectos en el Kharma (porque a estas alturas, preferiría ser una vaca caminando libremente por las calles de la India), la idea de encontrar algo o alguien que “remueva” las ya establecidas estructuras, cual temblor a los viejos edificios; permitiría encontrar nuevos sabores y texturas en la vida.
No es que no me gusten las pequeñas rutinas o no disfrute la compañía de quienes están ahí en esos momentos, es sólo que de pronto, sería interesante experimentar ligeras turbulencias, el remezón suele darnos nuevas perspectivas. Las personas y las cosas cotidianas, aquello que hacemos, hicimos y no hicimos, adquieren de pronto un cariz diferente. Encontrarse ante esos momentos suele ser potente.
En este sentido, pensaba en las relaciones, en las personas que pasan por nuestra vida, con más pena o con más gloria, cada una es un universo de posibilidades. Sin embargo, suele suceder que, en ese amplio espectro podemos encontrar desde un largo bostezo, de los que llegan a trabar las mandíbulas; hasta una salvaje revolución de hormonas. Y luego de unos escalofríos que recorrieron mi espalda, hice un balance. Entre sumas y restas, caí en la cuenta que estaba dividiendo mis pocas energías en un absurdo intento de darle rostro a un montón de hormonas.
Me abstraje un momento, pensaba en todas aquellas parejas que caminan diariamente por las calles de esta ciudad y de pronto me pregunté ¿Es tan difícil encontrar a alguien que combine la capacidad de producirte escalofríos con las manos y el bostezo amable para dormirte en su brazos? Al parecer sí, en la oferta del mercado, parece que nunca aparece el pack; o te llevas uno o el otro. Por otro lado, como suele pasar con las grandes ofertas, hay problemas con la talla, el producto sale con fallas o simplemente se desgastan con el tiempo.
Quiero pensar en que no estamos condenados a vagar por las calles vitrineando en busca de la prenda que nos cautive y que, además, esté al alcance del bolsillo y que nos quede para vernos bien.